viernes, 16 de mayo de 2014

El pizzero

Publicado en el Diario de la Bahía de Cadiz


Creo que era el columnista, poeta, periodista, pensador, y sobre todo, escritor, Manuel Vázquez Montalbán (por que todo esto era) quien dijo que en España, la progresia de izquierdas, con el Mayo del 68 aprendimos a follar, y con el desencanto de los 90 del siglo pasado, aprendimos a comer.

No es que no supiéramos que las dos actividades existían antes de estas efemérides sociales, no es eso, Manolo se refería a que, a partir de estas dos situaciones, en España elevamos estas a un nivel más de disfrute, más cultural incluso. Partir de ahí, lo que hasta entonces éramos rojos de mierda, nos sentimos un poco más la " gauche divina"

Y como casi siempre, también en lo gastronómico, había izquierda de nivel que descubría la nueva cocina francesa, la catalana...y otros que nos teníamos que conformar con algún chino, alguna hamburgueseria , o pizzería; o simplemente repetíamos en nuestras cocinas los platos, con que el bueno de Biscuter hacía las delicias de los lectores de Pepe Carvallo entre crimen y crimen.

Hablando de pizzas, hace tiempo, mucho tiempo, que no llamo a ninguna de esas pizzerías que te la traen a casa, me parece una tortura el interrogatorio que te someten,¡ dios! , que cantidad de preguntas, verdaderamente agotador.

Hace unos meses, en Brunete, llamamos a una pizzería. Nos sorprendió que la conversación telefónica no fue por los derroteros del interrogatorio de estos casos, todo fue muy sencillo y rápido. A la media hora, sonaba el timbre de mi casa, y al abrir la puerta, un chaval de no más de veinte años, nos ofrecía una caja de pizza y una bolsa con las latas de cerveza.

Mientras mi santa sacaba el monedero y rebuscaba para pagar la factura, el pizzero no apartaba la mirada de sus pechos, mi santa también lo observó y me miró, el pizzero también se percató que nos mirábamos y se enrojeció, yo me puse nervioso, mi santa se puso nerviosa, el pizzero se puso nervioso, todos estábamos, digamos, que incómodos. Pero el pizzero cada vez que terminaba el recorrido de miradas a nuestras caras, terminaba fijándola en el pecho de nuevo. Este baile de mirada no duró más de quince segundos, el tiempo de buscar cambio en un monedero y pagar, pero yo no me moví de la puerta con la caja y la bolsa en la mano, no me gustaba esas ráfagas lascivas que eran dirigidas a los pechos de mi cónyuge.

Cuando habíamos terminado las transacciones comerciales, y el pizzero se disponía a continuar su reparto, se volvió hacia nuestra puerta y con una voz que apenas le llegaba al cuello de la camisa, con unos ojos picarones dijo: que me mola mucho esa camiseta señora, !salud y república¡ . Ella llevaba una camiseta negra con la tricolor a la altura del pecho. No nos quedo más remedio que soltar una carcajada.

Ayer volvimos a pedir una pizza, volvió a ponerse la camiseta republicana, el pizzero volvió a decir : "Señora, cada vez que veo esa camiseta me alegra el reparto", le regalé una pulsera de gomas con la tricolor; su forma de agradecer fue diciendo, "walaaa, como mola" como si estuviera recibiendo una joya. Se despidió con el consabido "salud y república" a lo que respondimos: " vamos a por la tercera", él se marchó diciendo "ojalá" con una amplia sonrisa.

Por cierto las pizzas muy buenas.

2 comentarios:

María A. Marín dijo...

Jajaja, qué buen relato.
Una ya espera un desenlace algo más dramático, como están las cosas...

Salud y República

Fermin dijo...

Salud y república maria