viernes, 15 de abril de 2011

NOCTURNO EN EL HOSPITAL

Silencio, los pasillos silenciosos conducen a puertas cerradas, detrás de las cuales, en el mejor de los casos, solo el sonido de los televisores en un murmullo uniforme de algún programa de moda, todo lo demás silencio. Ni unos pasos, ni un quejido, nada, silencio.
Dos cosas, bueno mas, pero que hoy me llaman la atención, diferencian un hospital público de uno privado. Una la longitud de los pasillos, en un hospital público lo más normal es que te pierdas si sales de la habitación. Los pasillos son auténticos laberintos que amenizan a pacientes y visitantes, se puede jugar a perderse, o mejor dicho, sin jugar también te pierdes buscando a tu enfermo. Es una forma de hacer más liviana una visita al hospital.
La otra, a su vez son dos. Las puertas en los hospitales públicos siempre están abiertas, pocas habitaciones te encuentras con la puerta cerrada, esto nos ameniza durante las perdidas en los pasillos, según avanzamos por los pasillos no podemos resistirnos a mirar al pasar delante de cada habitación, pocas solitarias, normalmente un grupo de personas siempre se sitúan en circulo casi ritual en torno a la cama o del sofá reservado al enfermo. Y de cada habitación sale conversaciones animadas, suspiros, alguna vez llantos.
Pero es en la noche cuando mas se notan las diferencias. Cuando las visitas retornan a sus casas, solo quedan los enfermos, las puertas abiertas nos dan el pulso del hospital público. Pasos lentos de las rondas planificadas de revisión a cada habitación. Pasos acelerados de alguna situación de urgencia. Ruido metálico de los equipos, de las bandejas con el instrumental. Suspiros, quejidos, dolor.
Aquí solo queda el silencio, el dolor lo escondemos detrás de la puerta, siempre cerrada. No compartimos ni los suspiros ni las esperanzas, solo silencio, todo silencio.

2 comentarios:

Raúl Solís dijo...

Los silencios son siempre los diálogos más sinceros. ¿Ves? Tu entrada de hoy nació del silencio pero abruma su franqueza y profundidad.
Un saludo.

Nicolás dijo...

El dolor siempre lo queremos escondido, oculto, que se note lo menos posible, porque nos hace recordar nuestra fragilidad.