miércoles, 18 de septiembre de 2013

En el Parque Genovés

Un día más me quedaré sentado aquí
en la penumbra de un jardín tan extraño.
Cae la tarde y me olvidé otra vez
de tomar una determinación.
Radio Futura




Mi madre me lo ha dicho desde siempre, eres como los patos recién salidos del cascarón,
que siguen a su madre la pata, no porque la reconozcan como tal, más bien porque les vence su instinto de seguir, imitar a lo primero que se cruza en su despertar.

Si, siempre he sido un enamoradizo, pero no un enamoradizo analítico, que evalúa cada una de las virtudes de la persona amada. Su cuerpo, sus ojos, su voz, sus manos o sus pasos, para mi son cosas sin la más mínima importancia. No, no es que no sea capaz de admirar la belleza de un bonito contorno de labios, el misterio de una mirada insinuante, el ritmo de unas caderas cuando andan, pero lo mío es amor y pasión a primera vista.

La primera vez que la vi, era uno de esos días que amanecen empapados después de una noche de tormenta. El albero del paseo central del parque Genoves estaba inundado de pequeños charcos que espejeaban palmeras, fuentes y farolas y dejaban ver reflejado un cielo lleno de nubes. Era uno de esos días en los que los colores huelen, se podía distinguir el olor de la gama de ocres de las hojas a punto de caer de las ramas, de los verdes de arbustos, los colores de los árboles autóctonos y de importación.

Ella estaba colocando un ramillete de flores que mantenía entre sus manos, al pasar cerca de ella, sin levantar la vista de sus manos, me observó de reojo, sólo eso, ni siquiera cruzamos las miradas, pero pude sentir como me observaba mientras la dejaba atrás y tomaba uno de los senderos flanqueados por carteles en latín con denominaciones botánicas. En ese momento fui consciente que me había vuelto a enamorar.

Allí volví cada uno de los días de la siguiente semana, mi corazón se aceleraba nada más cruzar la verja de entrada y adquiría un ritmo frenético conforme me acercaba donde también ella todos esos días acudía. Y sólo una mirada, como un leve roce; pero ni ella, ni mucho menos yo, nos atrevimos durante esa larga semana a dedicarnos algo más; bueno el viernes ella me sonrió, yo sin creérmelo del todo devolví la sonrisa y de esa forma nos despedimos hasta el lunes siguiente a la misma hora.

Al día siguiente acudí un poco antes de costumbre para esperar su llegada, un poco más de media hora me anticipé, pero ella estaba ya allí. Lo tenía decidido, me sentaría a su lado e intentaría establecer una conversación. Así, cuando llegue a su altura, y mientras casi murmurando decía buenos días, me senté a su lado, ella casi sin mover la cabeza, con la mirada fija hacia el suelo me devolvió el saludo. Un jardinero nos observaba desde el paseo central del parque.

Durante más de dos meses asistimos mañana tras mañana a nuestra cita en el parque Genovés, cada cita nos susurramos, hablamos de casi todo, incluso de nosotros mismos. Todos los días laborables, justo a las diez y media de la mañana acudíamos al mismo sitio, lloviera, estuviera nublado o hiciera sol, poco a poco fuimos desgranando nuestros corazones, Cádiz y el mundo. Entre tarajes, magnolias, laureles de la India y palmeras fénix hacíamos revisión general del estado de la ciudad, de las idas y venidas de la gente , que como nosotros acudía de forma asidua al parque. El que hablaba a las flores y tocaba la armónica, los barrenderos, jardineros y personas del servicio municipal de parques, jardines y cementerios. Parados, jubilados, estudiantes que se fumaban las clases y paseantes en general, siempre los mismos, al final llegamos a ser como un bloque de vecinos. Y como en todo bloque de vecinos, no tardo mucho en llegar los cotilleos y las envidias. Los jardineros nos miraban cada vez con más insistencia, murmuraban con paseantes mientras disimulaban que se referían a nosotros. Poco o nada nos importaban sus comentarios en voz alta al pasar por nuestro lado.

En dos meses fuimos capaces de conocernos como pocas personas se conocen, yo sabía casi todo de ella, y ella todo de mi, color preferido, libro, película y flor; los dos coincidíamos en la rosa como flor más bella, aunque la tuya era roja y la mía blanca, Yo más de novela negra, tu de poesía. Nos importaba lo mismo, no tanto los gustos del otro, lo importante era hablar, era mirarnos, eran muchas veces nuestros silencios, que es otra forma de hablar.

Un martes, el último martes del mes de Enero, llegué un poco más tarde que de costumbre, y ella no estaba; me quede casi durante dos horas sentado en nuestro banco esperando, cuando empezó a lloviznar recorrí los caminos tortuosos de la desesperanza buscado, rebuscando con la mirada cualquier inicio de ella. La lluvia alejó a los paseantes esa mañana hacia lugares bajo techo, sólo un jardinero me observaba desde lejos.

Al llegar a su altura me advirtió, sin parar en sus quehaceres: ayer por la tarde un grupo de parques y jardines la bajaron de su pedestal, protegieron y se la llevaron en un camión, lo hacen cada dos años, que en Cádiz las palomas acaban con todo. !Hay que ver lo que corroe los excrementos de esos bichos las estatuas, susurró entre sonrisas.

Nota: Publicado en la revista "el ático de los gatos" una revista que es más que recomendable

2 comentarios:

Sombragris dijo...

Que te voy a decir...hermosísima historia ( aunque suene ñoña y enclenque la expresión)...Sutil y deliciosa (otra ñoñería, ya lo se) historia ...Yo también tenía mi Parque Genovés...y mi "amada"...solo que se llamaban "Las Canteras" y "Guitarra"....Un lujazo entrar de nuevo en tu Mentidero...un abrazo

Fermin dijo...

El lujo, amigo, es tu comentario,gracias de verdad Alfomso. Te acuerdas de nuestro primer encuentro, cuando cuatro locos quiñomeaban Cádiz, en las escaleras de Santo Domingo? Que lejos queda jajajja. Un abrazo desde la otra orilla de la Bahía.